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jueves, 19 de marzo de 2015

Buenas noticias de la División Azul en Vascongadas

Pues si le he visto en varios medios, entre ellos "Alerta Digital "y la web "General Dávila". El artículo lo escribió hace pocos días uno de los pocos generales y grandes patriotas que nos quedan en las altas cúpulas militares. Juan Chicharro Ortega, al que tuve el placer de saludar en Cartagena hace unos años.  Lo más importante del acto es que hay una parte de la juventud vasca, que no está corrompida por la politización escolar y que demuestra buenos valores.


La división azul y Bilbao

“VOLJOV” Obra de Augusto Ferrer-Dalmau
“VOLJOV” Obra de Augusto Ferrer-Dalmau
Juan Chicharro Ortega* (R).- Todas las ideas son respetables cuando son nobles y se defienden con honradez. Ya sé que, hoy, las ideas por las que unos españoles fueron a luchar a Rusia contra la barbarie comunista no son hoy compartidas por muchos españoles y no españoles.
Me resulta, no obstante, mucho más difícil entender que ni siquiera sean capaces de reconocer y honrar la valentía y el heroísmo que aquellos jóvenes divisionarios mostraron al mundo. La aventura de la División Azul constituye una de las mayores gestas de las armas españolas en toda la historia.
La lucha en el Volchov o en Krasny Bor fue tan encarnizada, y el heroísmo tan manifiesto, que no hay palabras escritas que puedan ni por asomo aproximarse a la realidad de lo que allí sucedió; pero no es objeto de estas líneas el describirlas. Estas líneas están escritas en Bilbao; y es que he estado en esta Villa vascongada por la sencilla razón de asistir a un almuerzo organizado por unos valientes vascos para homenajear a la División española de Voluntarios.
Sí, lector, ha leído usted bien: un homenaje a la División Azul en Bilbao y propiciado por jóvenes vascos, más españoles que nadie, hijos y nietos de aquellos bravos soldados.
Si, antes de salir de Madrid, entre allegados y afines cunde el asombro, ante el citado homenaje, qué decir cuando les confirmo que es en Bilbao.
Y es que la mentira y el odio se han instalado de tal forma en una parte de la sociedad vasca, la que está influida y manejada por políticos traidores, al amparo, también, de la cobardía de otros, que verdaderamente resulta ciertamente extraño un acto como éste.
Izado de Bandera Regimiento Garellano-Billbao
Izado de Bandera Regimiento Garellano-Billbao
Pero sí, unos vascos valientes han decidido, sin complejos, recordar y homenajear el heroísmo y valentía de unos españoles que en los años 40 del siglo pasado se echaron el fusil al hombro, atravesaron Europa y ganándose la admiración del ejército alemán resistieron los terribles embates de las hordas soviéticas con notable éxito.
Y, ¿qué tiene de raro que sea en Bilbao?
Vamos a ver, la historia de España es incomprensible sin la aportación de los vizcaínos, de los vascos, a la misma. No hay hazaña o epopeya histórica en la que las armas españolas hayan brillado sin la presencia continua y masiva, en ocasiones, de los líderes, soldados y marineros vascongados.
Comida de despedida a los soldados de la División Azul
Comida de despedida a los soldados de la División Azul
Les voy a recordar unos cuantos: los que participaron en las Navas de Tolosa, los que con Fernando III recuperaron Sevilla, Juan Sebastián de Elcano, Urdaneta , Urbieta, Lopez de Legazpi, Oquendo, Blas de Lezo, Churruca, Uriarte, Alonso de Ercilla, Zumalacárregui y así un largo etc. que llenarían páginas y páginas. Una simple visita al Panteón de Marinos Ilustres, por ejemplo, nos muestra cuanto digo.
No tengo duda que si estos gloriosos soldados y marinos, vascos hasta la médula, y por tanto más españoles que nadie, levantaran la cabeza muchas cosas iban a cambiar aquí.
Acto Homenaje a los Caídos Regimiento Garellano-Bilbao
Acto Homenaje a los Caídos Regimiento Garellano-Bilbao
Sí, hoy tengo la certeza que nada está perdido y la tengo al ver a estos jóvenes bilbaínos y donostiarras que han tenido la bravura de organizar este homenaje a los soldados de la División Azul. Sí señor, con un par…
Hoy en la ría del Nervión los vivas a España y a nuestra División han resonado con tal fuerza que hasta los peces han asomado la cabeza al tiempo que otros – no peces – la han escondido por si acaso.
*General de División de Infantería de Marina

jueves, 1 de enero de 2015

Entrevista a un combatiente de la División Azul

Aunque es del 15 de febrero de 2013, la entrevista no tiene desperdicio, es un documento de 1ª mano de un español que participó y vivió en lo que fue el Frente Oriental de la 2ª Guerra Mundial. La podéis ver en el diario ABC y el periodista que hace la entrevista es Juan José Sanz, pero aquí la dejo completa. Revela cosas interesantes como que incluso en la misa URSS hace más de 40 años, se empezó a apreciar a la División Azul. También las atrocidades de rusos en el frente y que en realidad en el frente de la división los alemanes hicieron poquísimas en comparación. Pero pese a que en algunas cosas, como el reconocimiento a la División Azul no se puede estar tan de acuerdo. Pues tuvieron pleno reconocimiento y admiración hasta la muerte de Franco, siendo de la transición a los años 90 cuando se les silenció oficialmente.

Juan José Sanz, exmiembro de la División Azul: «De lo que era el nazismo me enteré después de llegar a España»

El antiguo divisionario afirma que no quiere hablar de sus medallas, pues el honor es de aquellos que le salvaron la vida en el frente

Juan José Sanz, exmiembro de la División Azul: «De lo que era el nazismo me enteré después de llegar a España»
 
A sus casi 90 años, Juan José Sanz Jarque es capaz de recordar su paso por la División Azul como si hubiera sucedido ayer. Menor de edad cuando se alistó en esta unidad -contaba unos escasos 17 años-, se decidió a marchar al frente ruso, al que, según afirma, tuvo la suerte de sobrevivir.
Ahora, más de 70 años después de su partida, Jarque puede presumir de haber sido un reconocido abogado y un excelso profesor que obtuvo, entre otras muchas condecoraciones, el Premio Extraordinario de Doctorado de la Facultad de Derecho de la Universidad Complutense. Sin embargo, hay unas medallas de las que prefiere no hablar: de las que obtuvo siendo soldado pues, para él, deberían corresponder a los compañeros y amigos que fallecieron en combate.
 
¿Qué le llevó a querer luchar contra el comunismo?
Bueno, yo ya lo había vivido desde pequeño –en mi pueblo se izó la bandera de la hoz y el martillo de Stalin en lugar de la republicana-, y con su llegada nos quitaron las tierras y las pocas cosas que teníamos. Por eso, después del discurso de Súñer, salí a la calle para luchar contra el comunismo, y no contra el pueblo ruso, al que amo. De hecho, he ido después multitud de veces a Rusia. Nunca combatí contra personas, siempre lo hice contra una idea.
¿Cómo pudo alistarse cuando la edad mínima era de 18 años?
Cuando fui a alistarme no me dejaron porque necesitaba autorización de mis padres. Pero al salir escuché a unos chicos decir que el jefe de falange de Zaragoza podía dar también ese permiso. Automáticamente me fui allí a pedirlo y, en principio, tampoco me lo quiso dar. No obstante, recordé que había una ley llamada la «patria potestad» que consistía en que, si vivías con independencia de tu familia, no necesitabas el beneplácito de tu padre para esas decisiones. Después de decírselo reflexionó durante unos minutos, firmó el permiso y me dijo: «Que tenga usted mucha suerte».
¿Conocía el nazismo cuando se presentó voluntario a la División Azul?
No, había oído cosas del fascismo de Mussolini, pero de lo que era el nazismo me enteré después de llegar a España. En el tiempo que pasamos allí, no supimos nada de aquella ideología y simplemente combatíamos junto a unos de los soldados más disciplinados del mundo. Desde mi punto de vista era un ejército muy respetuoso, cuando pasaron sus unidades por los pueblos no tocaron a nadie ni robaron ningún animal para comer.
¿Tenían los españoles el mismo procedimiento de actuación que los alemanes?
Algo diferente, los españoles entrábamos en los pueblos y convivíamos con sus ciudadanos. Tampoco robábamos, pero lo que si hacíamos era comprar todo tipo de cosas. Por ejemplo, como me acordaba de cómo hacíamos la matanza en mi casa, en una ocasión pagamos por un cabrito y en otra por un cerdo. Se puede decir que hicimos una convivencia plena con el pueblo ruso, mientras que el ejército alemán tenía sus objetivos y pasaba sin tocar ni una gallina.
¿Les instruyeron de alguna manera antes de su partida?
Sí, de hecho, hicimos el adiestramiento en sólo dos meses cuando lo normal era en tres. Yo además tenía experiencia, porque de pequeño, con 14 y 15 años, había vivido la guerra española y en mi pueblo, que había material militar por todas partes, ya había hecho explosionar en el monte cientos de granadas de mano que me encontraba. Además sabíamos cómo se utilizaba una ametralladora y habíamos enterrado muchos muertos. En definitiva, no teníamos rémora en hacer las cosas y algunos teníamos más experiencia que ellos en varios ámbitos.
¿Participó en alguna de las batallas del río Voljov?
Si. Cuando llegamos al frente nos instalaron en un lugar llamado Lechino. Desde allí viajamos hasta el río Voljov, donde nos estaban esperando unas balsas alemanas para poder atravesarlo. Allí comenzó nuestro combate.
Con ellas pasamos silenciosamente hasta el otro lado y desembarcamos. Tras tomar posiciones, el capitán, Ignacio Ruipérez, nos ordenó mantener la posición hasta que él y su ayudante, Silvestre, reconocieran el terreno para saber si había o no minas. En ese momento se produjo una de las primeras muertes en combate de mi unidad cuando el capitán pisó una bomba cuya explosión mató a Silvestre, que iba detrás.
Nosotros, que oímos la detonación, no supimos lo que había pasado hasta que regresó el capitán sangrando por los oídos y con el abrigo socarrado. El problema fue que con el fogonazo de la mina nos descubrieron y la artillería rusa comenzó instantáneamente a disparar sobre nosotros. Por suerte no nos acertó. Desde allí subimos una colina (…) donde el fuego enemigo nos obligó a tumbarnos en tierra. En ese momento se produjo una escena que tengo grabada en la memoria: empezó a caer nieve sobre nosotros hasta llegar a cubrirnos casi por completo.
Hubo una situación bastante curiosa que sucedió con un compañero de Zaragoza al que llamábamos «La Muerte» por ser muy alto» y delgado. Tal era la cantidad de nieve que cayó que cubrió totalmente a este chico y, cuando nos levantamos, no hubo manera de encontrarle hasta que el capitán, sin querer, le pisó. «La Muerte» no obstante tuvo mucha suerte, porque días después una bomba cayó justo a su lado rompiéndole tan sólo la manga del abrigo.
¿Cuál fue su siguiente misión?
La siguiente se produjo cuando se encargó a un grupo, entre los que me encontraba, dar un golpe de mano a un lugar determinado donde se situaban varias piezas de artillería rusas que nos impedían el avance. El grupo, que estaba al mando de un oficial llamado Portolés, tenía órdenes de llegar a la posición silenciosamente y destruir las baterías con bombas de mano. Antes de partir, un sacerdote, el padre Indalecio, vino a preguntarnos si nos queríamos confesar por lo peligroso de la misión, que se iba a llevar a cabo en territorio enemigo.
Tras aquello partimos, tengo que decir que yo no llegué al asalto porque Portolés nos dejó a unos cuantos guardando una posición adelantada como «retén» para que les auxiliáramos en caso de dificultades o repeliéramos a los posibles enemigos que les persiguieran en el caso de que tuvieran que huir. Por suerte, no hubo necesidad de hacer nada porque la misión salió perfectamente y no hubo ninguna baja.
¿Se vieron alguna vez en serias dificultades?
Si, en una batalla que nos plantearon los rusos el día dos de noviembre de 1941, después de la celebración del día de todos los santos. La fiesta la habíamos pasado en un pueblo que habíamos ocupado cerca de la orilla del Voljov. Nos sorprendió porque cuando entramos en él estaba totalmente vacío, no había población.
El asalto lo recibimos el día dos. Se produjo cuando todos estábamos tranquilos en el pueblo. Ya había venido un frío consistente que había provocado que se helara el río Voljov y llevábamos sin mudarnos y sin cambiarnos de ropa un mes. Íbamos llenos de piojos.
Tumbados como estábamos esa mañana para no pasar frío cayó repentinamente un bombardeo terrible sobre nosotros. El fuego, que era de mortero y artillería, nos machacó durante una hora. Después, cuando paró, salió una avalancha terrible de soldados rusos al asalto. Por suerte, los disparos de artillería nos habían avisado y conseguimos repeler ese gran ataque.
Realmente fue una mala táctica de los rusos. Si en lugar de disparar contra nosotros hubieran decidido no bombardearnos y atacarnos por sorpresa, nos hubieran cogido medio dormidos cerca de la lumbre. En esta primera batalla se destacó el teniente de mi sección, Pascual Portolés, ya que, mientras los rusos se retiraban, salió con un pequeño grupo en su persecución al grito de ¡a mí la Legión!. De hecho, en esta persecución un oficial ruso le pegó un tiro en la barriga del que consiguió sobrevivir.
Por desgracia, esta también fue la batalla en la que murió uno de mis amigos, al que llamábamos Pastrana. Todo sucedió cuando los rusos llegaron al puesto de mando, una casa en la que estaba Pastrana. Cuando se dispusieron a entrar en el edificio, él saltó por una ventana y lo ametrallaron.
¿Combatió en el lago Ilmen?
Más o menos. En el lago Ilmen se produjeron dos marchas. La primera fue la que hizo el heroico capitán Ordás al atravesar el lago helado para salvar a una unidad alemana que había cercada. Pero, a la vez, se organizó otra compañía, de la que yo formaba parte, que tenía como misión ir andando por la orilla para disuadir a las unidades enemigas de que atacasen a los que iban por el lago.
Nosotros no combatimos, íbamos dispuestos a ello por si aparecía otro ejército, unidades enemigas o guerrilleros, pero era algo disuasorio. A pesar de todo, esta marcha tuvo también su miga porque, aunque íbamos por la orilla, tuvimos que soportar temperaturas de hasta menos 52 grados. Íbamos además con trineos de los que tirábamos nosotros y en los que metíamos a los compañeros a los que se les congelaba algún miembro o que morían de frío.
Esa marcha fue terrible, el sudor que iba expulsando se iba congelando alrededor de la cara. Además, como el vapor que salía del cuerpo se congelaba, no había forma de mover los brazos porque toda nuestra ropa estaba helada. También nos costaba mucho poder cerrar los ojos.
¿Cuál de los tres frentes fue el más duro?
Yo no puedo quejarme cuando ha habido compañeros que se han helado y otros que han muerto por un disparo. He sido un protegido de la naturaleza y de la providencia y sólo puedo dar las gracias a los demás, porque gracias a ellos yo puedo estar hoy aquí.
¿Cuál es la batalla de la que guarda más recuerdos?
Uno de los combates finales. Tras la muerte de casi todos nuestros compañeros nos tocó a los pocos que quedábamos defender una trinchera y se nos coló una unidad rusa que posicionó una ametralladora y nos empezó a disparar. Hirió a todos menos a mí. Por suerte, los rusos se acabaron marchando y los que quedábamos vivos pudimos socorrer a uno de nuestros compañeros más dañado, un vasco al que un disparo le había cruzado el cuello. Además, viajando hasta el puesto de socorro un cañonazo de antitanque me pasó rozando la hebilla del cinturón, socarró mi abrigo y se clavó en la nieve sin explotar. No sé que sucedió con el vasco, quiero pensar que le salvaron.
¿Qué medallas recibió en el frente?
Tengo varias, pero no quiero hablar de honores. Esas medallas corresponden a los que me salvaron, mis compañeros. Yo tengo el privilegio de haber sobrevivido a aquello y haber pervivido hasta hoy y tengo que dar las gracias. El honor es para los muertos.
¿Cree que la División Azul es bien recordada en España?
A la División Azul se la silenció durante la guerra hasta que se ha conocido la verdad, que es que cumplió su cometido en el frente. Dejamos de ser los desarrapados de las marchas, como nos decían los alemanes, para convertirnos en gente respetada y que sabía morir con prestigio. Además se ha conocido la verdad sobre el pueblo ruso, con los que mantuvimos una buena relación y que, hoy por hoy, tiene un buen recuerdo nuestro. Yo en 1971 fui invitado de honor por su gobierno.

lunes, 29 de diciembre de 2014

Muere otro gran héroe murciano de la Segunda Guerra Mundial. Serapio Martinez Moñino

De nuevo otra noticia triste, esta vez la he encontrado en el excelente blog del autor de "Soldados de Hierro", Francisco Torres, que os recomiendo mirar de vez en cuando, se llama "La estantería". Sobre todo en temas referentes a la División Azul y como el que mejor conoció a Serapio Martínez fue Paco, que sea el quien lo explique con su artículo:

El recuerdo que no debe faltar a uno de mis soldados de hierro

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(En la muerte de Serapio Martínez Moñino). Hubiera querido acercarme a decirle adiós, a musitar un ¡Presente! y una oración. Las circunstancias y la coincidencia lo han hecho imposible pero no quiero dejar pasar el tiempo escudándome en la distancia y la lejanía a mis fotos y notas para no despedirle con un recuerdo. Esta mañana de un viernes de diciembre, cuando hace unos días despedia a otro divisionario que marchaba a los luceros, casi por casualidad, al leer la prensa local, no puede evitar un rictus de rabia al leer la esquela que comunicaba el fallecimiento el día 18 de Serapio Martínez Moñino, voluntario de la División Azul. Mi relación con él no fue muy profunda. Hace tres o cuatro años le escribí una carta a la dirección que un amigo me había facilitado. Un buen día al descolgar el teléfono y oír su voz, antes de que me dijera quien era ya le contestaba: usted es Serapio Martínez.
Quedamos inmediatamente en la residencia donde se encontraba. Recuerdo que el primer día me comentaba que estaba algo nerviosos, que casi no había dormido recordando sus días en la División, aquellas semanas en el infierno de Possad, a sus amigos Felipe Marín Fuentes y César Rocamora, guardaba unas fotos de ellos, caídos allí. Pero quería que charláramos, desempolvar sus recuerdos para que quedara constancia. Me había preparado un álbum con sus fotos de Rusia: “casi todas son del hospital porque era cuando teníamos tiempo de hacernos fotos”. En una carpeta tenía todos los fascículos del coleccionable que yo había escrito entre 1991 y 1992 sobre la División Azul. No sabia que eran míos. Tenía guardados los versos de su amigo Luis Luna y un registro con heridos y caídos de su compañía, la 2ª del 263 del Regimiento Vierna, la compañía de los murcianos.
Desgranó su experiencia en la zona republicana, la persecución, su detención y haber sufrido una ejecución falsa: “nos llevaron a una zona de tiro, formaron el piquete y nos dispusimos a morir, fingieron que iban a disparar pero los disparos no sonaron”. Más tarde al movilizar la quinta del cuarenta los republicanos le llamaron a filas, fingió ataques epilépticos: “yo no quería ir a disparar contra los míos”. Finalmente tuvo que incorporarse pero el bueno de Serapio se las apañó para no disparar y acabó de ayudante del Comisario Político de la unidad: “yo, un tradicionalista encargado de la lealtad política de la tropa” y reía cuando me lo contaba. Todo ello pesó en su decisión de alistarse en junio de 1941, tenía 21 años. La guerra hacia dos años que había acabado, estaba afiliado a Falange y tenía todas las puertas abiertas, pero decidió marchar a Rusia a combatir al comunismo.
Estuvimos charlando toda la tarde y en no pocas ocasiones sus ojos se tornaron vidriosos. Anécdotas de la vida cotidiana, de los “jaleos” de sus compañeros con las rusas: “yo era muy inocente”. Su recuerdo más duro era el de ver caer a sus amigos: “Possad fue algo terrible. Yo había estado en el frente pero aquello era la guerra de verdad. No podíamos estar en los refugios, te mojabas, te helabas o te asfixiabas… La comida era muchas veces fría. Aún quedaba alguna casa de pie, pero era muy peligroso. Nosotros quitábamos algunos troncos para poder disparar… un disparo voló una de ellas con los nuestros dentro, sólo pudimos recoger los pedazos en una manta”. Serapio salió relativamente bien de Possad: “se me congeló el pie. No sé como no caímos todos. Debió ser el último día. Nos atacaban por todas partes. Alguien dio orden de calar bayonetas y salir de las trincheras, yo iba medio cojo pero cargamos cantando el Cara al Sol y pusimos a los rojos en fuga”. Después vino el hospital. Conservo en mi archivo copia de sus fotos: con el pijama, jugando al ajedrez o paseando por los alrededores del hospital.
La guerra se terminó pronto. En marzo de 1942 volvía a Murcia junto con otros heridos. Serapio se mantuvo siempre leal a sus ideas. Recuerdo haberle visto, pese a su edad y limitaciones, en la misa del Veinte de Noviembre por Franco y José Antonio. Se cogia su autobús y allí estaba cumpliendo con su deber. Yo no quería ahora faltar al mío, que ya es despedir de forma pública a mis viejos Soldados de Hierro que se marchan a sus luceros

miércoles, 17 de diciembre de 2014

España dice adiós a uno de sus héroes de la 2ª Guerra Mundial

Es sin duda una noticia triste, cada vez nos quedan menos héroes de esta guerra. En la madrugada de ayer de José Antonio Ramos. Este hombre era de Murcia, sobrevivió a la persecución republicana en la Guerra Civil y se alistó a la División Azul, combatió junto a la Wehrmacht en el Frente del Este y fue capturado en la celebre batalla de Krasny Bor, después sobrevivió 11 años a un Gulag. Afortunadamente la España de los 50 no era tan desagradecida como la de hoy y tuve un decente homenaje a su llegada, siendo un ídolo para varios sectores de la juventud. Lo lamentable, es que casi nadie lo conoce y apenas se ha escrito nada sobre él, en la prensa a excepción del excelente artículo de Francisco Torres (gran historiador de la División Azul), publicado en la web de "Diario Ya". Aquí el artículo, que me ha puesto los pelos de punta:

 Yo tuve la fortuna de conocer a un héroe sencillo de Krasny Bor

El reencuentro con su madre tras volver en el Semíramis
 
Francisco Torres García. Un correo electrónico en algunas ocasiones te deja sin palabras y hace que los recuerdos desfilen ante tus ojos. Nunca le agradeceré lo suficiente a Néstor que, en momentos de dolor, se haya acordado de mí. Gracias a él puedo dar el último adiós a uno de mis más valientes y admirables Soldados de Hierro, José Antonio Ramos, voluntario de la División Azul, herido muy grave en Krasny Bor, once años preso en los campos de concentración soviéticos, Vieja Guardia de la Falange, miembro de la Acción Católica; el hombre al que Garcia Rebull, en unas notas reservadas sobre el comportamiento de los soldados españoles cautivos, añadiría de su puño y letra la calificación de "muy bueno" que solo tuvieron unos pocos, porque el "pequeño Ramos" fue allá, donde más difícil lo era, un héroe a diario.
Hace muchos años, casi tres décadas, un viejo amigo ya fallecido, Alejandro, me dijo: quieres conocer a un valiente. No lo dudé. Unos días después me encontraba con José Antonio. Y allí con una grabadora de cinta de por medio -alguno de mis lectores ya ni sabrá a lo que me refiero- me fue desgranando su vida, narrándome una década de sufrimientos que habían quedado en su memoria. Todavía le dolían las heridas de Krasny Bor, cuando al caer prisionero, pese a saber y ver que los rusos remataban a los que no podían andar -un año antes los prisioneros eran directamente pasados por las armas-, quería poner fin al sufrimiento de una muere lenta, pero su teniente, Honorio, no le dejó, le ayudó a continuar arrastrándose, pero sin caer.
José Antonio era un hombre de tremenda fe. Me recordaba la persecución, la vida en la Murcia roja, su participación en la liberación de la ciudad antes de que entraran los nacionales. Aquel chico de la Acción Católica de Santa Eulalia nunca perdió la fe. Me confesaba que él nunca creyó que pudieran salir del cautiverio en los campos de concentración soviéticos, pero nunca perdió su fe, allí rezaba siempre. Para mí que Dios le dio fuerzas. El pelo se le quedó prematuramente blanco y los presos le llamaban "el profesor". En dos o tres ocasiones me relató el "favor" que le hizo un médico en el campo llegándole a diagnosticar tuberculosis. Lo hizo para intentar alargar su supervivencia y volvió a España creyendo que tenía una enfermedad que entonces se consideraba casi mortal. Poco después volvió a tener noticias de aquel doctor alemán que le explicó lo acontecido: "y yo en aquel hospitalillo, conviviendo con los esputos y utilizando las mismas cucharas. Lo que no sé es cómo no enfermé de verdad".
José Antonio fue de los primeros en alistarse. Algunos no creían que tuviera el valor para hacerlo. Le decían, dada su religiosidad, que "olía a cera". Pero el pequeño Ramos consiguió plaza y acabó en la 4ª Compañía del 263, era de los más jóvenes. Había recuperado sus estudios de peritaje y con su hoja de servicios tenía abiertas todas las puertas, pero...
A finales de enero de 1943 ya estaba en el lugar de concentración para volver a España, habían dejado aquellos hombres sus equipos de invierno. El general Esteban Infantes ordenó retrasar la salida ante el inminente ataque soviético en Krasny Bor. La situación de la División Azul, situada en el punto de ruptura, era crítica. Dicen que se pidieron voluntarios entre los que iban a volver y Ramos volvió a su unidad sin botas de invierno. En la noche del diez de febrero su compañía avanzó, su capitán resultó mortalmente alcanzado. Al ver al pequeño Ramos el teniente Martín le ordenó que cogiera las botas del capitán: "yo no quería, pero Martín no cejó... aquellas botas irían conmigo". En aquel avance quedaron cercados formando en cuadro con las máquinas apuntando a los cuatro puntos cardinales hasta quedar sin munición.
Dura muy dura fue la vida en los campos, pero nunca percibí en su relato odio o resquemor. Incluso con aquellos otros españoles, alguno de su propia provincia que le tomó especial inquinia, desertores o antiguos republicanos, que fueron sus guardianes. En una ocasión le pregunté por aquellos hombres. Me dijo: "no quisiera yo..." Y desconecté la grabadora. Guardaba muchos secretos porque fue de los insobornables, hasta tal punto que Muñoz Grandes, una vez en España, le llamó en varias ocasiones, tenía que prestar declaración sobre el comportamiento de los oficiales. Me consta que fue sincero, que contó lo que había vivido aunque desmitificara a personas. Le ofrecieron puestos de confianza, que se quedara en Madrid... pero quería seguir en Murcia, volver a la vida, recuperar los años perdidos, formar una familia... pensó en retomar sus estudios pero se veía muy mayor por lo que en 1954 iniciaba su carrera profesional.
En varias ocasiones las lágrimas asomaban a sus ojos y teníamos que parar porque se hacía realidad todo lo sufrido. Me relataba el dolor de su madre primero cuando se dio por vencida y admitió la muerte -conservaba su esquela-, después la alegría de saber que estaba vivo. Guardo copia de unas fotografías, como la que ilustra este recuerdo, de su retorno: en Barcelona con su padre y su hermano. Fue un encuentro entre el padre y el hijo, conmovedor hasta tal punto que aparece en el reportaje realizado por NODO, "Retorno a la patria", de la llegada del Semíramis. Una fotografía en la que su padre le coge la cara con las dos manos, con los rostros desencajados, fue premio periodístico. La última vez que le vi lamentaba haberla perdido. Yo le había localizado algunos documentos y le prometí encontrarla. Finalmente la conseguí pero no he podido entregársela. Tengo otra foto de aquella noche en Barcelona de los tres, el padre con sus dos hijos, y lo trascendente es que los rostros siguen desencajados: "mi padre me cogió la mano y no me la soltó hasta que llegamos a Murcia".
Retornó con sus compañeros como un héroe. Las Juventudes de la Acción Católica con su estandarte al frente fueron a recibirle en el límite de la provincia. A hombros entró en la Catedral  y él, pese a su natural modestia, gritó a pleno pulmón:  "¡Viva Cristo Rey!" Y allí estaba su madre. También guardo varias fotografías, simiente para un nuevo libro, de aquel encuentro de la madre con el hijo. Había guardado como un tesoro sus cartas y sus postales.
En una ocasión le acompañaba una de sus nietas. Yo le comenté "¿sabes que tu abuelo fue un héroe?" Y él, naturalmente, sonreía con su proverbial no fue para tanto. Deberían haberle dado la Medalla Militar Individual, pero... En mi última visita musitaba: "yo ya quiero descansar". Me admiraba su serenidad al decirlo como hombre de fe que sabe que la vida comienza después. Se ha ido rodeado de los suyos -como a todos nos gustaría marchar-, tranquilo y sereno, diciendo que iba a ver a sus padres.
Queda para su familia el ejemplo, su vida, su dedicación. Para mí, además del recuerdo, la gratitud por compartir retazos de su vida conmigo. Sus confesiones: "en realidad los que resistimos siempre fuimos muy pocos"; y me recitaba los apellidos como una letanía bien guardada para que yo no olvidará su testimonio.
El testimonio sin importancia de las heroicidades: como aquella huelga de hambre en el campo de concentración soviético mantenida durante días, con torturas para hacerles comer a la fuerza, en la que a pesar de llegar a la debilidad suma, cuando los rusos pusieron bidones con comida caliente a las puertas de la barraca se levantaba para ir a tirarlos al suelo. Testimonio de la desesperación de ver a quien en el hospitalillo llegó a cortarse las venas a mordiscos. Testimonio de un resistente que no se rindió el día que fue hecho prisionero. Testimonio a veces increíble de ir a trabajar cantando el Cara al Sol -"a los rusos les entusiasmaba hacernos cantar"- hasta que alguien explicó al jefe comunista qué era aquella canción -"nunca más supimos de él"-.
José Antonio, allá donde estés, desde estas líneas, desde las páginas que las acojan, un lacónico ¡Presente!; cinco rosas y una oración. Eso es todo y es mucho. Eso sí, quedamos en el cielo para que me sigas contando cosas.